Y miró hacia abajo, hacia todo lo que no era capaz de sostener. Y consideró los terrones de afuera, húmedos por el circular de lombrices. Y estrecho a su querida Granada, ahora tan lejos de su exilio inglés. Nube y no sangre, pensó. Y cómo me gustaría simplemente besar una paloma. Y de cualquier modo.
El botones lo podía ver. No así el gerente. Tampoco el cliente que llevaba un traje marrón ajustado y alzacuello, y que bebía té en una esquina. También hablaba con un deje inglés; le traían a diario su cocimiento, ese té negro chino, antes óptimo y ahora de menor calidad.
Machado, sir? Recite line me Machado? Y el joven Luís los recitó, suaves y dulces versos-nubes que llevaba años guardando en el pecho como feroces estorninos. Ya nadie escribe cosas dulces. Quizá acabe en México.
Pero quién me recibiría. Le habían dicho que Eva y Carlos aún prosperaban, pero ella era el árbol y el cubil. Pareciera como si desde la guerra la única persona capaz de sangrar fuese Chang, el lacayo de Leeds. Lo atestiguó una vez sobre una rodaja gruesa y carnosa de limón, una gota de sangre cantonesa derramándose sobre una semilla de sésamo. Alguna vez oyó, también, que Miguel Hernández había tosido coágulos de sangre en una celda y que a Lorca lo mataron, por poeta, por rojo y por maricón. Luís, para todos los demás -e incluso para sí mismo- era nube.
Antonio soul recite me thanks, contestó Chang. Luís supo de que a su llegada de Kwangtung, Chang se había afiliado a la iglesia episcopal y luego había trabajado en una cafetería griega de Lanchister. Ahí habría aprendido a confiar en el limón. De seguro el espino afuera del restaurante también podría sangrar. La maleza oscilando como hemistiquios de un lado a otro. ¿Pero cómo se desplazaría el alma-nube de Luís sin un poco de su propia sangre? ¿Para recibir la transfusión mexicana de volcanes, de pequeñas flores arrancadas? Lluvia plantada como una salpicadura de hoja de plátano verde bajo la lengua. Vio un globo deslizarse sobre la corriente y dijo: los papalotes y una sábana raída serían la cola. Se preguntó cual de sus poemas era aíre caliente, cuál sangre quemada.
El gerente apareció. ¿Con quién coño hablas? No molestes a los clientes, le gritó a Chang, ¡compórtate hijo de puta! Chang hizo una reverencia, murmuró algo en chino y siguió apilando platos.
Meneando las caderas el gerente regresó a su estación de trabajo. ¿Estás bien? Preguntó Luís, sintiendo alivio porque por una sola vez su humanidad había podido pasar desapercibida.
El exilio es siempre -al menos parcialmente- interior, pensó Luís mientras ponía el índice sobre una servilleta que estacó para hacer las veces de mapa. Bajo su camisa los estorninos se enardecían. Algo parecido a la lana, parecido al agua clara que es lo que llevaba puesto, lo que acumulaba a su alrededor Luis, nube. Recordó los "Cuatro Cuartetos" de Eliot, consideró el fuego y la rosa, y como su nombre sentía a la palabra desnuda. Expulsado, desnudo edénico, pensó. Su pasión por los hombres oculta en el surco de su ceja como un moratón de sol escondido entre las nubes. Miró hacia abajo, hacia todo lo que no era capaz de sostener. Empuje del ala, latido del aguijón, pico. Hasta Chang. El dolor proletario de su té negro. Hasta el jefe bofo que no respetaba sino al plato limpio, y el tenedor de plata. Cuya presión sanguínea algún día se elevaría peligrosamente. Hasta la nube que pasaba frente al encino, demasiado cerca del hueso que Luís habría perdido en el trance de la guerra. Ahora tan lejos que tratar de alcanzarlo para qué.
| No lo intente razonar, es imposible |
| No lo intente razonar, es imposible |