Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido. Un torso para llorar; con forma, espacioso como una noche de verano. Que sea cercano, acogedor, masculino… Un torso que se deje sentir para poder llorar allí cosas impensables, dudas sobre el futuro, y faltas que aun no sé cuales son.
Cada vez que siento que mi propósito se eleva, por influencia de mis sueños, por encima del nivel cotidiano de mi vida, me siento muy alto, vuelo a otra galaxia. Pero todo lo que sube baja si no ancla bien. A la mayoría de tipos con los que me cruzo por la calle les pasa igual - lo noto en el movimiento silencioso de los labios, y en la indecisión confusa de sus ojos, o en la modulación de su voz -. Ellos también quieren llorar, ellos tienen como yo, un corazón exaltado y triste, dos mitades con las que tienen que vivir y completar. A veces me entran unas ganas cursis de incendiar el mundo - con permiso de Dios - y construir algo que valga la pena sobre sus cenizas. No quiero que los asesinatos masivos en que termina cualquier revolución, ni que las claudicaciones de la vida diaria me impidan ejercer mi utopía. Para eso quiero llorar, porque el que no llora se quiebra por dentro, y al día siguiente aparece sepultado vivo bajo sus mismos escombros.