La desmaña de tal


     



        Los clubes a los que asistía antes con tanta asiduidad se llenan hasta la barrera los fines de semana, una vez el reloj marca las siete, cierran. En primer lugar por ley, en segundo por la poca destreza que tiene la gente para ligar. Si todo el mundo fuese terriblemente seductor, la noche terminaría enseguida y en las discotecas sólo quedarían los camareros y los simios que dicen que dan seguridad al local. A las tres de la mañana cada pareja, trío o conjunto estarían como diría San Juan de la Cruz, trabajando el amor, pues es la máxima a la que aspiramos por nuestra condición de humanos. Según bailan al ritmo de la música y abrevan, dentro de la discoteca se produce ineludiblemente la selección natural, cómo por arte de magia los rostros más atractivos se buscan entre ellos, las miradas más inteligentes empiezan a crear lazos magnéticos entre similares. Todo esto ha ocurrido en una hora, el resto de la noche huele a ice cream de vainilla podrido, un subproducto cultural, pues a falta de pan buenas son tortas, dicen. El trabajo de las hormonas ha sucedido en las primeras dos horas de la noche. Los más seductores ya tienen lo que querían conseguir y con ello se largan con la pieza deseada por donde entraron, sobrándole el alcohol. Los que no superaron el primer obstáculo permanecen en la fiesta para ver si surge una segunda oportunidad. Suele ser gente terciada, que no liga hasta que el alba clarea espoleada por la frustración. Ahora cambian de contexto, de piso, de lugar, los cuerpos son aun más torpes, más cansados, las caras más arañadas, los estómagos más llagados... Sigue la música, los que a lo largo de la noche no han encontrado ni una sola mirada siguen buscando en medio del naufragio. Cuando se agarren al flotante, cesará la música.