Visita de un Súcubo

   

     Me estrechaba entre sus brazos chatos, y se adhería a mi cuerpo con una violenta viscosidad de molusco. Una secreción pegajosa me iba envolviendo, poco a poco, hasta conseguir inmovilizarme. De cada uno de sus poros surgía un aguijón que me perforaba la epidermis. Sus pechos comenzaban a hervir. Una exudación fluorescente le hacía resplandecer el cuello, hasta que su sexo comenzó a brotar miles de tentáculos, rápidos y largos, enroscándose como culebras a mi escroto, precipitándome a una serie de espasmos exasperantes.

     Era inútil que le escupiese en los párpados, en las concavidades de la nariz. Era inútil que le gritara mi odio y mi desprecio. Hasta que la última gota de esperma no se me desprendía de la nuca, para perforarme el espinazo como una gota de lacre derretido, sus encías continuaban sorbiendo mi desesperación; y antes de abandonarme me dejó sus millones de uñas hundidas en la carne, y no tuve otro remedio que pasarme la noche arrancándomelas con unas pinzas, para poder echarme una gota de yodo en cada una de las heridas.