Tomás, un chico moreno y flaco, con cara de travieso, que corresponde con su interés por el dibujo y a atrapar insectos en las charcas. Su nariz asoma potente, casi dura bajo el fulgor de su negro pelo. Posee la gracia y la belleza de un intelectual atezado del Mediterráneo que ha bailado en las verbenas de los pueblos y ha jugado al fútbol.
Una noche soñó que caminaba por una vereda, a los lados había campos de olivos y melones, y el sol tenía color de uva pisada, cortado con rojo sangiovese. Siguió el camino hasta que encontró una granja, blanca, rodeada por un jardín y custodiada por una alberca. Incapaz de ocultar su placer llamó a la puerta, que finalmente fue abierta por un hombre muy anciano con una larga barba blanca. En el momento en el que él empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que durante muchos días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño durante las siguientes tres noches. Y siempre despertaba en el momento en el que iba a comenzar a hablar con aquel anciano con pinta de sabio.
A la vuelta de cuatro o cinco semanas, Tomás cogió un autobús que lo llevaría al cumpleaños de su prima, que estaba en Cosenza. Siempre viajaba delante para disfrutar de la panorámica del paisaje. De pronto tironeó la manga del conductor y le clamó, qué por favor, qué parase allí. A la izquierda de la carretera, estaba el carril de su sueño."Espéreme un momento, por favor se lo pido". Y echó a correr por la vereda, con el corazón latiéndole desbaratadamente. Lo reconocía todo, los melones verdes y turgentes saliendo de la tierra, los olivos llorando aceitunas… y al fondo la granja con la alberca, de la misma forma que en el sueño. Con los chorrillos de sudor cayéndole frente abajo, golpeó la puerta. El mismo anciano respondió a su inquieta llamada, y con el corazón en la boca dijo:
-Dígame, ¿esta granja se vende?
-Sí, contestó el anciano, pero no le aconsejo que la compre. Esta casa está habitada por un fantasma, dijo, mientras se metía las manos en los bolsillos intentando buscar algo.
-¿Un fantasma?, repitió Tomás.- ¡Santo Dios! ¿Y quién es?
-Usted, dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.