La Aquilatación

     

     Por la tarde, la mujer fatal de cabellos rojos y piel de mármol, y el hombre irresistible, moreno de cuarzo, con la quijada cuadrangular y las venas de los bíceps palpitándole en la manga de la camisa, se encuentran en una cafetería... Mientras, el sol despide al día anegando la sala de luz naranja condensada. Se miran a los ojos; saben que esta vez será la última. Desde hace dos semanas, a uno y a otra se les viene haciendo evidente la fragilidad del hilo que los ha unido desde hace más de tres años, y que los hacía llamarse a todas horas, el uno para el otro, una agitación tal que ni las tardes de domingo eran aburridas. Ahora el hilo está a punto de romperse. Ha llegado el momento de poner en duda el amor que se tienen y, en consecuencia, acabar. Antes, se veían casi todos los días, y cuando no, se llamaban por teléfono aunque fuera en mitad de un congreso en Suiza. En las últimas semanas, apenas se han visto tres veces, y los encuentros no han sido alegres. Sin habérselo dicho, los dos saben que el encuentro de hoy es para despedirse irremisiblemente. Han llegado a tal grado de compenetración que a ninguno de los dos le hace falta explicar que se aburre, que ya no es lo mismo; los dos se percatan simultáneamente. Se cogen de la mano y recuerdan -cada cual para sí, en silencio- la perfección fornicadora a la que han llegado últimamente: ellos mismos se fascinan. No es extraño que al lado de semejantes acrobacias, el resto de sus vidas les parezca insípido. Toman el café, se dicen adiós y se va cada uno por su lado. Salen del local con los ojos vidriosos, húmedos por la emoción. Ella se ha citado a cenar con un hombre, él, se ha citado a cenar con una mujer. Después de los postres, la mujer fatal, tarda una hora y media en irse a la cama con el hombre que se había citado. El hombre irresistible, tarda dos y media en irse con su acompañante. Ambos se descubren con tanta pureza que otra vez se emocionan. ¡Qué reto! ¡Qué impericia! ¡Cuánta ansiedad! ¡Cuánta impaciencia! Les queda por recorrer un camino muy largo antes de llegar con los nuevos amantes a la perfección, a la cual, han dicho adiós esta tarde con un café.