Cerrado por derribo

     

     Por fin lo he visto. Desde mi lugar en este mundo, justo donde estoy ahora, a mi corta edad y bajo el somnífero de mi estado de ánimo, he visto brillar el terciopelo rojo del cajón donde reposarán mis huesos. Me falta cada vez menos para dejar de alimentar mis sueños, y pronto, antes de que esta ciudad termine de orinar sangre y masticar tierra, y de llorar sobre el hombro de todas sus putas, antes de eso estaré haciendo aerobics con los gusanos. Son las siete de la mañana de un domingo y estoy despierto, tan despierto como el predicador que plancha su camisa blanca antes de cogerse su maletín, llegar hasta La Puerta del Sol y ponerse a relatar con perfecta oratoria ante un corrillo de gente; ellos no saben que el mensaje de Dios se encuentra a punto de llegar. Nunca había escrito a una hora tan absurda, pero los hábitos nos cambian a medida que el lodo nos llega al cuello. Quiero decir, acabo de abrir la puerta de mi casa donde no se admite propaganda cristiana, marxista, ni modernista. Un hogar feliz, sin mensajes y con un sofá de cuarterones rosa y con muy pocos platos sucios esperando el lavavajillas. Acabo de llegar, he recorrido media ciudad llevando a la espalda el peso estúpido de la luz del medio día. Mis bolsillos están vacíos, mis neuronas se han cortado el cuello y mi semen está intacto: en su lugar. Quise curiosear un local antes de volverme a casa, por eso de que me abrevia el tiempo antes de irme al otro barrio.
     Me senté en una silla fina, de lámina, mirando el taconeo de sus zapatos de punta roma estilo Mary James, que justo, pisaban encima de los escupitajos del macho, y el balbuceo de los borrachos de lengua gorda, y los gritos de una boca hinchada untándose de forma terriblemente vulgar el gloss de los labios contra el micrófono. No tuve que pagar, nadie me preguntó con quien me gusta follar ni como hago para bajarme los pantalones. A las tres de la mañana una mujer, su rostro opaco e indiferente, me llama para subir a la pista. Está desnuda y sus muslos sudorosos son la carnaza que el predicador que va a Sol, ha dejado de comer: carne negra y salada. La desprecio porque tengo el corazón frío, y sólo estoy allí para mirarla, para ver como acaricia a los tres espontáneos, y los lame, y les dice papi chulo al oído con cándido tono de lolita puertorriqueña, mientras decenas de ojos caen sobre sus cuerpos torpes, repantingados sobre las sillas, hinchados de grasa, dispares como los hongos que crecen sobre la hierba. El juego no dura mucho, lo suficiente para que los ebrios caigan exhaustos sobre si mismos, con la carne blanca, y la mirada estéril. Nadie llegará a su casa esa noche, sólo ella, la bailarina, la puta que sonríe detrás de su máscara de yeso.
     Son las seis de la mañana, estoy en La Calle Atocha, se lee en unas letras pegadas en la marquesina, a dos minutos de mi casa. El Teatro Hägen-Dasz, qué mañana cambiará otra vez de nombre, se levanta cual bloque de hielo, frío, seco, cerrado, diciendo:  "Entradas agotadas para la próxima función".