¿En nombre de quién?


     En nombre de la libertad abandonamos las señales en el aíre. Nos queda el vivir, el vivir sin trabas, en nombre de nadie. Nosotros nunca nos equivocamos, pues somos jóvenes, y como por arte de magia nos volverá a salvar la campana en el momento fatal. Intentamos mientras sacar luz a nuestras palabras, de unos versos extraños que el corazón cifra.

     Estiramos las horas hasta la saciedad de cuerpos insaciables. La noche es una niña guapa, con labios rojos Paloma Picasso a la que abrazamos riendo en la falsa mañana, y el alcohol, el ángel en polvo, la cosa fina y su excitante brillo que lustra las caras al principio, después fatiga y araña; nos hace andar sin camino. Es dulce no tener principio y menos aún destino. Es dulce estar en el aíre, atravesar el tiempo sin saber si se nace o se hace, convirtiéndonos en cachitos de carne, paralelos al mundo de las señales de tráfico.

     Pero ha llegado la noche, última, terrible y sin aviso, para sesgarnos las miradas y del amor dejar asfalto. Son las ciudades un insomnio y cualquier alma se hace pequeña en sus aceras. Adiós y sangre, adiós continuo los gestos, los verbos y los días. No tenemos nada: ni bovedillas torpes, ni palabras caducas, sólo ciudad e insomnio, un cartón sin colores para recortarnos en él, y no tener padre. Entonces mordemos el cartón y miramos al aíre. Qué buscamos pájaros muertos lo saben: un olor de mañana sobre una risa afable. Quizá no debemos nosotros, los perdidos. Pero lo hacemos, intentamos que una lluvia vuelva sobre las derrotas estancias, y para vivir nomás, para vivir sin tener que hacerlo en nombre de nadie.