De vientos rápidos



     ¿Cómo se te ocurre ponerte esa máscara de mujer sensible? ¿Qué quieres ocultar? las sonrisas, los mesados de cabello, las miradas de reojo, los ligeros toques en mi mano con tus rechonchos dedos ensortijados; la ocasional carcajada exagerada mostrando tu dentadura perfecta y una lengua preciosa, roja y apetitosa.

    Todo en tu apariencia es deseo, alegría, confianza y complicidad. Una máscara perfecta que has descolgado de la percha de tu frustración y te has puesto para ir a bailar a la plaza en esta tarde de nubes negras. Pides que te hable de mi pasado, de mi familia y de mi perro, Pluto, el amigo de los dibujos animados de los sábados por la mañana de cuando no te conocía ni quería conocerte, de aquellos sábados que descubrí que existías, porque descubrí la tristeza.

     ¿A quién intentas engañar con tu interés? Eres toda cariño y comprensión en estos cincuenta y cinco minutos antes de tener que ir a ver a la prima de tu amiga Josephine, que acaba de llegar a la ciudad, de la que te vas a enamorar a las seis y veinticinco, hasta las siete, porque a las siete y cuarto has quedado con James, un tipo que te sacaba de vez en cuando de algún apuro cuando tenías que tender lavadoras rápidas sin olor a detergente. Y para hablar de los viejos tiempos, de cuando se cayó de la cama mientras te intentaba zurcir con la lengua los huecos de tus bragas de encaje, pero no más allá porque a las ocho y treinta tenías cita en la peluquería para teñirte, cortarte y darte un tratamiento de queratina.

     Es maravillosa la vida en la ciudad, llena de oportunidades, posibilidades, de grados de separación que exigen relacionarnos incesantemente con todos esos maravillosos, fantásticos, fabulosos, increíbles amigos que tenemos durante esos treinta y cinco o cuarenta y cinco minutos; (cincuenta y cinco para los mejores). Ríe, habla, cuéntame tu historia, tócame el brazo... te aseguro no me vas a poner cachondo.
     -Me tengo que ir : cierra la boca, empaqueta los dientes, esconde la lengua, recoge la mano llena de dedos rechonchos y ponte la careta de andar por la calle.
      -¿Quedamos mañana?, aventuro ingenuamente.
    -No, tengo cita con el psicólogo, respondes con la máscara de acero ya perfectamente cosida a la calavera donde hace dos minutos y cuarenta segundos había un sol reluciente de apariencia.