N-580

    


      Conduzco por una carretera nacional,  la niebla es tan espesa que no me deja ver. Muevo el volante por intuición del camino pero, inexplicablemente no me equivoco. Ningún par de faros se me enfrentan por la izquierda, mientras pienso que la calzada existe porque yo creo en ella. Sigo.

     Ahora la niebla empieza aflojar. Las luces apenas alumbran la lengua de alquitrán y grava por la que voy rodando. Primero un ciervo y después un burro volador atraviesan la luna delantera. Sigo creyendo en la ruta. Tengo que poder.