Las Escaleras

   

     Pablo tenía diecisite años, lo justo de vergüenza y una mirada relampagueante. Eran pocos los días que contaba en la ciudad, donde se instalaría para empezar su carrera.  Al entrar en el Hotel, buscó las escaleras para subir. Encontrarlas era difícil tarea. Preguntaba por ellas y algunos le contestaban: "no hay". Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y subir otro piso. Las circunstancias de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas le daban fortaleza y valor. En una planta había un campamento militar, perfectamente organizado. Las tiendas de campaña se disponían en forma de triángulos equiláteros, detrás los tanques, y a ambos lados de éstos, a modo de escolta dos avionetas. En torno a las fogatas veía a los militares de medio metro de estatura. No podía quedarse entre esos enanos belicosos. Descubrió otra amplia escalinata de piedra, que lo llevó a otro piso. Éste era un comedor francés con moqueta beige, donde jueces con togas negras y modales pésimos, comían como auténticos cerdos para después al más puro estilo medieval, colarse una pluma de faisán en la garganta y así vomitar por sus hediondas bocas, volviendo al comienzo del banquete en una espiral sin fin. Sin prestarle apenas atención, le dijeron que había más pisos y que podía subir. Llegó a una discoteca, donde el camarero llevaba pajarita, guantes de algodón blanco y una chaquetilla corta de dos botones con un fajín a la cintura. Éste lo atendió con exquisitos modales, tomó comanda de: "una coca-cola", y se retiró con una empachosa reverencia. Nunca volvió. Tras la espera se levantó cabreado y confundido, entendiendo que todos los que vivían ahí estaban locos. Pudo subir otro piso, en una arquitectura propia del interior de un buque, en la que abundaban hierros y maderas pintadas de blanco, encontró una escalera de caracol. Subió por ella a un altillo donde estaban los peroles, que daban el agua caliente a los pisos de abajo. Dijo: "sobre el ardor está el cielo", y seguro de sí mismo, se agarró a una tubería para subir más. La tubería se dobló, hubo un escape de vapor que le rozó el brazo. Esto lo desalentó de seguir subiendo, y dijo en voz alta: "en el cielo me quemaré". Se preguntó a cual de los horribles pisos inferiores debería descender. En todos él, no se había sentido cómodo. Esto no probaba que no fuesen la morada que le correspondía, porque justamente el infierno es un sitio donde uno se cree fuera de lugar.