El silencio nace con la Cibilización y florece con la Kultura; el silencio es síntoma de progreso y evolución: a más alto nivel de vida, mayor índice de silencio y viceversa. Con el silencio se obtienen prebendas, se obtienen privilegios y se consiguen excepciones. La tradición, el honor fundado en el silencio y apuntalados por la ceguera, forman una sociedad que a la que ni sociólogos ni economistas se atreven a poner nombre, y es que la cruz del confort que mancha nuestras frentes y el generoso miedo que cala en nuestros huesos como agua de mayo nos hace débiles, pequeñitos, de falsa idea y por ende de falsa voz.
El país del silencio tiene la piel seca y cubierta de hoyos de viruela, producido por políticos apolíticos, obuses, meteoritos y especuladores del terreno. Los habitantes del país del silencio tienen también la piel marchita y cubierta de marcas de viruela que intentan ocultar maquillándose diariamente con una ligera capa de arcilla y mierda.
Un país sin memoria ni nostalgia que ha visto crecer el verde musgo en los cantos de los libros, al que le extirparon de las aulas el latín, el griego, la historia, la literatura, la ética, la filosofía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo... ha aprendido a sentarse con sobria elegancia en la silla eléctrica.
Las ciudades y pueblos del país del silencio, construidos sobre debilidades y desgracias, sobre pecados y calamidades, tienen las calles vacías, las plazas solitarias de gris granito sin bancos para el disfrute, desintegradas. Señores que visten de trajes regalados y besan santas manos con vastos anillos de rubíes engarzados, matones que vigilan tras las esquinas, microbios y estiletes asedian las calles; edificios y nubes observan al otro lado de las ventanas mientras todo pace en triste consonancia.
Quién será el primero en abrir la ventana, en alzar la mano, en lanzar la piedra...
Al fin, ese día, los locos saldrán de las mazmorras, los enfermos bajarán de las buhardillas; no más silencios ni efemérides, no más hogueras ni desfiles. Un grito airado cubrirá el país rompiendo vitrinas y vitrales, se borrará a escupitajos la pasada historia y caerán a pedazos los héroes podridos; entonces volverán a rehacerse frente al espejo los rostros olvidados, se recuperarán las identidades perdidas. Las palabras como cortaplumas afilados abrirán en canal la tierra y resucitarán los enterrados vivos. Arderán los palacios al ritmo de pasacalles y cultas oberturas, volarán las catedrales destruidas por fugas y cantatas. Sólo una palabra y alguien que la diga fuerte, en perfecta puñalada.
Para Antonio López Barranco Marfil. Requiescat in pace.
Porque tu creías en ello y no lo viste, yo sí. 15 M